Meterse con Blade Runner en un entorno cinéfilo es tan placentero como jugar con una pistola de agua y una camada de gatitos. De la misma manera que el animal, antes de echar a correr dedica un segundo a permanecer quieto, mojado, no entendiendo absolutamente nada de lo que le informan sus sentidos, el cinéfilo medio se atasca un buen rato planteándose si es físicamente posible siquiera poner en duda tamaña película.
Mi problema con Blade Runner son las energías, tamaños y esfuerzos que se gasta Ridley Scott en explicarnos cómo será el futuro, señora. Como si pensase que el realismo tan celebrado de Alien (mi película favorita) se fundamentase en el humo y las goteras. Como si hubiese leído en El País Semanal de aquel domingo los artículos dedicados al baby boom, la inseguridad callejera, la expansión de Oriente y los intentos de diseño de coches voladores y dijese “Mierda, hay que enseñar esto antes de que suceda”.
Con todo, lo que me molesta no es tanto que al asunto original del relato “la condición humana no hay por dónde cogerla” se le sume un “y además el futuro será así”. Lo que me irrita es que, como consecuencia de todo esto, se nos muestre, a través de los ojos de un detective cansado y sumido en la rutina, una ciudad como si fuese la ultima instalación de Terra Mítica. Vamos, como si hacemos el seguimiento de la vida de un Guardia Civil y acabamos con unas tomas aéreas de un vídeo turístico a lo “Ven a Andalucía”.
Es desde fuera desde donde la ciencia ficción parece interesada en el futuro, el “qué pasará cuando”. Cuando no es así: La ciencia ficción está tan interesada en el futuro como el género negro en la balística o el western en la realidad sociopolítica norteamericana a finales del siglo XIX. La especulación o ensoñación acerca de qué demonios vendrá después no son más que herramientas para no dar demasiadas explicaciones a la hora de forzar los límites de lo imaginado en las historias. Para que tardemos una página en teletransportarnos y no cien.
Cuando Philip K. Dick explicó que esta realidad, tal y como la conocemos, es susceptible de ser devorada por otra, lo decía con el convencimiento de que podía suceder, o estaba sucediendo, o, en el peor de los casos, había sucedido ya. El hecho de que los medios de comunicación de masas, el bipartidismo político, la mentira a escala industrial, las sustancias alteradoras de conciencia, o la mismísima ficción puedan acabar mandando al carajo esa frágil acumulación de datos que Ud. llama realidad no es algo que tenga que llegar necesariamente con las naves espaciales y los rayos láser. Ni K. Dick ni los demás hablan del mañana: La ciencia ficción está pasando.
En la asombrosa etapa que Grant Morrison escribió de los X Men hubo cirugía, sexo, genocidos, contrarrevoluciones y los trajes de astronauta de Terror en el espacio, la película de Mario Bava. Lobezno, Cíclope y los demás dejaban de ser la metáfora machacona acerca de las desigualdades sociales y pasaban a formar parte de un inquietante discurso acerca de la necesidad de diferenciación de todo triste ser humano, aún a costa de la desintegración de la propia identidad.
Una de las muchas subtramas abarcaba el triángulo amoroso entre Scott Summers, Jean Gray y Emma Frost. Lo explico para los profanos: El tipo está casado con la primera. Ella es una telépata multiplicada por mil, una mujer capaz de imaginar un castillo y hacer que te pierdas dentro de él. Y el tipo mantiene un romance a escondidas con la otra. Que también es capaz de manipular tu conciencia hasta extremos infinitos. ¿Adónde nos lleva todo esto? El desdichado Scott vive su romance adúltero (sexo incluido) a un nivel mental. “¿Qué color de pelo quieres que tenga esta noche en tus sueños?”, y todo eso. ¿Podemos entender esto como una infidelidad real, cuando en realidad cada uno duerme en su cama? Mientras pensamos en ello, Jean Grey, la esposa, les pilla in fraganti… Escabulléndose dentro de una de sus fantasías. ¿En qué armario esconderse, cuando nadie se ha molestado en imaginar uno antes?
No le pido que ahora se asombre por este intangible lío de faldas. Tan sólo le sugiero que piense en ello un poco cuando esta noche le mande borracho un SMS a la novia de su mejor amigo.
No ha sido casual que me haya referido a un cómic con famosa adaptación cinematográfica para poner un ejemplo de ciencia ficción al día de hoy: Muchos críticos han acertado a la hora de entender que las películas de los X Men son una metáfora acerca de las discriminaciones a ciertos colectivos en general y al gay en particular. Estamos de acuerdo. Pero nadie se ha preguntado qué maldito sentido tiene hablar de esos temas en términos metafóricos a estas alturas.
Hay un momento en los X men de Morrison, bastante gracioso, por cierto, en la que un mutante famoso duda acerca de si hacer pública su condición homosexual va a potenciar o diluír el poder mediático de su identidad. Mientras tanto, en los largometrajes nos sacan tipos musculosos con alas de ángel diciendo entre suspiros “Nadie nos comprende”. El primer discurso está escrito anteayer. El segundo es una adivinanza más vieja que el mear.
Ese es uno de los motivos de que el cómic actual me haga perder mucho más dinero que el cine de estreno: Tengo la sensación de leer un periódico de otra dimensión a fecha de hoy, no la de desenterrar una imaginaria cápsula del tiempo.
Sin City, Daredevil, Una historia de violencia… Entre las películas que adaptan cómics y la publicación de sus ediciones originales suele haber un desfase de una década más o menos. Y en ningún caso ese desfase sirve para añadir cambios a las historias en función del paso del tiempo. Los cambios suelen ser las suavizaciones de siempre: Fuera tetas. El caso más extremo es de V de Vendetta, un discurso político anti-thatcher en el que lo más trasnochado del tebeo original (reconocido por el mismo autor) ha acabado siendo considerado lo más actualizado de la película.
¿Por qué han tardado cinco años en hablar de la tragedia del World Trade Center en el cine, cuando el cómic, el teatro y la literatura se hicieron con el tema tan pronto como pudieron? No se engañe, no ha sido ni la búsqueda de perspectiva histórica ni el respeto por las víctimas. La industria cinematográfica es igual de lenta en la explotación de todas las ideas que llegan a ella, y el cine social es tan lento como cualquier otro. O acaso usted cree que la película acerca de los Latin Kings va a salir este otoño.
Si el cine no es el medio de comunicación más lento de todos, lo es la televisión. Las noticias llegan con la rapidez habitual, pero la estética, los ritmos, los puntos de vista, en algunos canales tienen un retardo al que sospecho que se le podría sacar la constante matemática.
Y luego está Eurovisión. Ver Eurovisión es contemplar una noche estrellada. Cuando miras al cielo nocturno y percibes la luz de las estrellas, lo que estás contemplando es el pasado: Las distancias cósmicas hacen que la luz de un astro siga viajando y llegue a tí incluso cuando la estrella está ya muerta. Cuando contemplas Eurovisión estás contemplando la luz de quince años atrás. En el 85, Eurovisión era un conducto abierto a las ropas, estilos y formas de realizar de 1970. Este año hemos podido contemplar 1991 a través de esta ventana.
Yo celebré como el que más el triunfo de Lordi este mismo año. Que unos hombres con caretas de monstruos con un complicado pasado en común ¡Uno de ellos es un extraterrestre y otro es una momia! triunfen en un mar de canciones del verano que nacen muertas es algo que siempre habrá que celebrar.
Cuando Lordi gana en Eurovisión pasa algo parecido a lo que sucedió en la nochevieja del 1988, cuando un guión de Javier Gurruchaga , Joan Potau y Juan Carlos Eguillor, parió un especial de Fín de año en el que había canibalismo, pedos y magreos. Una combinación de astros, o una conjunción de grietas consiguió que se colase un bicho en la ensalada. Nada que objetar en el caso de La última cena… del 88, el programa de Gurruchaga. Visto hoy, todavía escalofría. Pero en el caso de Lordi, hay que asumir se trata de un grupo musical tan de época como el concurso en el que han ganado. Y es que, en Eurovisión, los bichos salen tan anacrónicos como propia ensalada.
Por supuesto, no todos los medios de comunicación que tienen la cualidad de viajar en el tiempo lo hacen al pasado. Por ejemplo, las revistas del corazón saben proyectarse al futuro y lo hacen con frecuencia: Las portadas y titulares de las últimas semanas no anunciaban la inminente muerte de Rocío Jurado, se adaptaban a ella. “Rocío en el corazón de todos” “Rocío, grande e irrepetible”, eran titulares que lo mismo valían para un presente en el que aún la artista vivía, pero que se ajustaban como un guante al fallecimiento próximo.
Pero es el viaje al pasado el fenómeno más presente. Y cuanto más movimiento económico haya en cada estreno, más lejano es el pasado al que nos asomamos.
Pongamos que usted, un individuo al día de hoy, se encuentra tan tranquilo tomando refrescos inteligentes, y subiendo a Youtube el concierto que grabó ayer con su móvil robando Wi-Fi al vecino con su Playstation portátil y de repente tiene la idea para hacer la serie de televisión del siglo. Una idea que enmudece a todo aquel a quién se la comenta. Un apasionante y divertido replanteamiento a todo lo que hemos visto en cualquier pantalla.
Usted lo redacta, lo imprime, lo copia, lo registra y lo entrega al departamento oportuno de un canal de televisión, sabiendo que está arrojando una bomba atómica.
Un medio de comunicación, cuanto más dinero mueve, más comisiones con más miembros aloja en su seno. El número de personas que van a valorar su proyecto en una televisión española generalista es mucho mayor que el de los que valoraron el proyecto de Grant Morrison para sus X Men. Las comisiones que van a a valorar su proyecto probablemente no estén compuestas ni por directores, realizadores, ni guionistas, ni por nadie que pueda ser considerado público objetivo de su proyecto. Está compuesta por administradores, ejecutivos, jefes de ventas, directivos. Gente con una pulsión común: El amor por todo aquello que se parece a algo y el miedo cerval a lo que no se parezca a nada. En otras palabras, todo aquello que pueda remitir a un pasado más o menos cercano puede ser considerado en términos económicos. Su rentabilidad puede ser estimada, en función de una referencia previa. Pero si su proyecto ha optado por la combinación sin precedentes de elementos, con una intención inédita y unos objetivos recién salidos de madre, es bien sencillo… ¿Qué clase de beneficio se puede obtener de algo que no ha existido hasta ese momento? ¿Algo que puede que ni siquiera se haya entendido sobre el papel?
A más dinero, más comisiones, a más comisiones, más proyección hacia un pasado cada vez más lejano, cada vez más seguro. De ahí el retardo de Eurovisión, un fenómeno, no olvidemos, antes televisivo que musical, cuyo resultado es la decisión de una comisión a partir de decisiones de otras comisiones que han tomado decisiones respectivas en cada país participante. Una combinación de factores que provoca que el año al que viajamos con cada edición de Eurovisión resultante sea: n - 15, cuando n es el año de emisión.
Cuanto más masivo es un medio de comunicación, más inevitable es su pliegue hacia el pasado. Con lo cual el desfase de tiempo, de producirse, alcanza a un público amplísimo. Estamos en el año 2006, pero la conciencia colectiva se encuentra en el, pongamos, 2001.Las sensibilidades de las nuevas generaciones de artistas son víctimas de este retardo, al que se suma el retardo al que serán sometidas sus obras por obra y gracia de las comisiones que les toquen. El resultado: Sus películas viajarán a un pasado el doble de lejano que el de las películas que disfrutaron. El calendario sigue avanzando, pero nosotros, los que vamos al cine y vemos televisión, vamos retrocediendo cada vez más, generación a generación, invadidos por un pasado cada vez más hondo.
Una mañana, metemos las manos en el bolsillo y de él volvemos a sacar pesetas.


