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Bienvenidos a la Dimensión Desconocida

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Alejandro Tejería y yo nos conocimos gracias a nuestros respectivos ordenadores Spectrum (al que llegamos a componer una balada). Hasta donde nosotros sabíamos, ambos éramos los únicos en suficientes kilómetros a la redonda en poseer aquel ordenador como para sentirnos afortunados por haber dado con el otro. Intercambiábamos videojuegos en portales, colas de clase y rincones en el recreo. Supongo que aquello era una adaptación heterosexual, informática y esencialmente cutre de la épica de Brokeback Mountain.

El Spectrum, lo explico a las nuevas generaciones (sé que estáis ahí) era un ordenador doméstico que criaba mierda entre las teclas con una rapidez pavorosa y en el que los videojuegos se cargaban en formato musicasete.

Casetes de igual formato que las de audio de toda la vida (bueno, de aquella vida). De hecho, podías meter una cinta de Jive Bunny and the Mastermixes o de Bananarama y escucharla como si nada a través de los altavoces del televisor. Bueno, “como si nada” era, en realidad “como si los altavoces estuviesen enterrados en mayonesa”.

El videojuego, antes de poder ser disfrutado, tenía que cargarse. Tenías que dejar pasar una cara completa de la cinta, lo que podría llegar a durar ¿diez? ¿quince? ¿veinte minutos?, y en más de una ocasión la espera no valía para nada: Los cabezales reproductores que solian acompañar las pletinas del Spectrum eran una soberana mierda. De tus juegos, a medida que pasaba el tiempo, cada vez eran menos los que llegaban a cargar correctamente, y en muchas ocasiones no se confirmaba el fracaso hasta que la cinta llegaba a su fin. Por eso “quedar para jugar al spectrum” exigía una elaboración detallada del planes B. Porque con el Spectrum la espera tenía más peso que los juegos en sí.

Curiosamente la misma proporción matemática que hoy en día se vive con los programas de intercambio de archivos. La espera de la descarga y los procesos de acumulación, distribución y tostado de megas tienen un protagonismo mayor que el disfrute de los archivos bajados. El dilema no es si ser usuario de Emule o no. El dilema es por qué hemos dedicado más tiempo en comprobar el tanto por ciento de archivo descargado que en disfrutar el archivo en sí. Pero de las superestructuras, tendencias y reiteraciones en la arquitectura del tiempo hablaremos otro día. Hoy toca hablar del Spectrum.

El Green Beret no cargaba bien. Era la adaptación de una máquina recreativa que había sido llevada a cabo por la compañía Imagine y distribuída en España por Erbe . El juego era espectacular y tonto a partes iguales: Interpretabas el papel de un Boina Verde que tenía que atravesar todos los complejos armamentísticos de la URSS cargándote un número de tres cifras de enemigos hasta localizar, en el corazón de un silo de mísiles, o algo así, cuatro prisioneros a punto de ser ejecutados. Lo loquísimo del asunto era que sólo contabas con un cuchillo, lo que te hacía dudar hasta qué punto tu personaje estaba cubierto por el ejército norteamericano o no era más que un vagabundo con un uniforme encontrado en la basura y con muchos fantasmas interiores. El juego era de mis favoritos, por simpleza y frenesí. Y además era de los juegos que menos tardaban en cargar.

Hasta que un día dejó de cargar bien.

O al menos dejó de cargar siempre. Como he apuntado, era costumbre, cuando te reunías con la pandilla, buscar una ocupación secundaria para cubrir los tiempos muertos en las cargas. A veces, incluso, se iba a la cocina, para yo qué sé, grabar chorradas con el otro cassette, o jugar al Heroquest. Luego uno calculaba que el tiempo de carga habría finalizado y volvía al salón a pasos cortos mientras rezaba para sí “que haya cargado, por dios, que haya cargado”.

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Aquí empezamos a perder pie: Un día me dí cuenta de que el Green Beret tendía a funcionar cuando no había ningún testigo del proceso de carga. Cuando el salón estaba vacío. Alejandro y yo lo asumimos con la naturalidad con la que uno asiste a un fenómeno atmosférico más, y ya está. Por eso, algunas veces, cuando íbamos a la cocina, íbamos a esperar, sin más. En silencio, mirando al suelo, escuchando los solitarios pitidos del Spectrum dos puertas más allá.

Mierda, no me miren así. Sí, no tenía sentido. Sí, se nos podría llamar imbéciles. Pero piensen que no hay edad en la que uno no racionalice e integre dentro de su universo personal un buen número de sinsentidos. Madurar no consiste en reducir el número de gilipolleces a las que estás sumido, sino en cambiar su naturaleza. Sencillamente, no insulto a mis representaciones en el pasado para ganarme el respeto que sobre mí quiero que tengan mi representaciones en el futuro.

Supongo que si hoy en día me sucediese algo así de inexplicable pondría el grito en el cielo y buscaría las respuestas en los misterios de la cuántica, las ramificaciones del experimento con el gato de Shrödinger, las leyes de la probabilidad, las teorías de universos paralelos y volvería a leer Cuarentena de Greg Egan. Pero por aquel entonces era más oportuno entender tal suceso como una causa en sí mismo y punto. A correr.

Entonces apareció la revista Multipantallas, una voluntariosa publicación que trataba de agarrar con dos grapas toda la afición creciente en torno a los videojuegos, el cine, el rol, el cómic, la música, la…, el… Piensen que en aquella época la palabra “Freak” tenía una connotación mucho más evocadora y precisa que ahora, y en ningún caso se refería a ningún colectivo. Los que ahora consideraríamos “freaks” de entonces eran un listo que había pillado al vuelo la emisión de Evil Dead en Antena 3, un avezado que había comprado Miracleman desde el primer número porque un pariente de Londres decía que era la hostia y los cuatro despiertos que sabían que gracias a un oscuro catálogo fotocopiado podías pedir a Estados Unidos una réplica del coche de Regreso al Futuro.

Una vez, en la sección de contactos de la revista Multipantallas apareció un anuncio bastante excitante. Un chaval de Santander, de nombre Carlos N. quería contactar con gente con gustos afines para grabar películas. Sí, “películas”, no “cortometrajes”. Creo que por aquel entonces Koldo Serra ya había ganado en el Cinema Jove su primer premio, pero nosotros no teníamos ni pajolera idea de que un corto tuviera más ventajas como formato que el mero hecho de durar poco. La necesidad básica por la que hacer una “película” por aquel entonces era poder verla después. ¿Se imaginan todos esos cientos y cientos de concursantes del Notodofilmfest y similares grabando sus piezas por el único placer de hacerlas, sin esperar selecciones, premios ni reconocimiento inmediato? Escalofría ¿Verdad?

Nos pusimos en contacto con Carlos, via CORREO ORDINARIO y concertamos una cita en Santander. La idea era ver nuestros respectivos vídeos, ver cómo demonios podríamos trabajar juntos… E intercambiar juegos de Spectrum. En efecto, resulta que Carlos tenía otro puto Spectrum, y vernos con él era una oportunidad para intercambiar juegos.

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En el tema videográfico, la verdad es que el tío era un hacha, pero en una dirección que tampoco ayudaba a la integración de nuestras respectivas ansias: El tío había recreado Star Wars con muñecos de Playmobil. Una hazaña en Hi8 pionera y anticipadora que tiene mi más sincera admiración. Pero entiendan que yo, eh… Ni siquiera había puesto interés por ver La Guerra de las Galaxias de verdad. Supongo que el Star Wars de Carlos fue para mí el mayor spoiler que jamás haya sido percibido por un ser humano. Y no me molestó, ni mucho menos. Por el otro lado, la recreación de la tragedia de los andes en VHS que habíamos hecho los de Cabezón de la Sal, pues qué quieren que les diga. Tampoco era un documento especialmente epifánico.

Lo del Spectrum fue otra cosa. El intercambio de juegos sí que fue fructífero, y duró más de dos visitas. Y fue durante uno de esos cambalaches cuando tuve con Carlos una conversación que, con el tiempo, en el recuerdo, acabaría convirtiéndose en la única prueba que poseo de que la realidad tal y como la conocemos no es más que el escaparate de una red inextricable de conexiones inesperadas y abismos sin fondo:

-Oye, Carlos, te he traído el Green Beret.
-¡Qué bueno es! Ya lo tengo.
-Ah, ya lo tienes. Es la hostia ¿eh?
-Sí.
-Oye ¿A ti qué tal te carga? Es que a mí no me carga normal.
-Me carga… A veces. Nacho, no te lo vas a creer, pero tengo que abandonar la habitación para que cargue.
-¿Para que cargue?
-Sí, si estoy delante no carga nunca.
-¡A mí me pasa lo mismo!
-¿En serio?
-Te lo juro. Lo pongo en el salón y nos vamos a la cocina a esperar a que termine.
-Joder, qué raro.
-Ya. Vaya. Se me ha olvidado traerte el Shinobi.
-Pero ese es malo ¿No?
-Sí, la verdad es que es malo…

Y la vida seguía.

SubSónica :: Green-Beret :: October :: 2006 dijo ...,

Octubre 20, 2006 @ 2:24 pm

[…] ” Bienvenidos-a-la-Dimensión-Desconocida “ […]

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